Una sagrada familia de amigos

Llego temprano, como casi siempre. Herencia y TOC paterno. No sé muy bien a quién o quiénes buscar. Me esperan un grupo de viejos para tomar un café. Entro al hall del Híper Libertad y no tardo más de 15 segundos en divisar una mesa. Me acerco, cauteloso y pregunto: ¿alguno de ustedes es Darío?

Dardo se da vuelta, me mira: “Darío se fue a su casa porque se olvidó el celular ¿podés creer vos que sea tan boludo?”. Amo el humor cordobés. El chiste me sirve de entrada, se corren las cortinas, se abren las puertas e ingreso a un grupo que me recibe con afecto, como si nos conociéramos todos de toda la vida. Me hacen ser parte, ser uno más de la banda, de los pibes de la Promo 1970 del Colegio Sagrada Familia. “¿Vos sos el escritor?”, pregunta Dardo. “Ponele”, respondo con una sonrisa, y me siento.

Mi primer interlocutor empieza a charlar conmigo, a contextualizar la historia de este grupo de amigos. De a poco van llegando más personas, me saludan como si nada, quizás soy un sobrino o un hijo de alguno de ellos. Somos 6: Darío, Silvano, Norberto, César, Juan y yo. En un rato llegarán Lalo, José, Alfredo y Rodolfo, que lo acaban de operar a corazón abierto y ahí está, firme, Víctor y dos Gustavos. Son 13 y se conocen hace más de 50 años. 

Algunos me miran con curiosidad, otros ni me registran. Pero claro, hay una razón para mi presencia allí. Darío, un seguidor de nuestro trabajo en El Club de la Porota, quería que conociéramos a Silvano Lenardoni, uno de los muchachos de la banda.  

Mi idea, además de conocer a Silvano y su historia, es poder compartir un café, unas horas de mi vida con ellos, ser de la barra. Quiero conocer cómo son estos chicos que crecieron juntos, que compartieron aulas, recreos, lápices y gomas de borrar, maestros y maestras, anécdotas, risas y lágrimas. ¿Reconocerán a los niños que fueron en esos rostros arrugados, con canas? ¿Se verán haciendo macanas, jodas, sosteniendo el cigarrillo hoy, al igual que lo hacían con 12 o 13 años de edad en alguna esquina oculta de la escuela? 

La mesa es un griterío lindo, hay una sensación de jolgorio compartido, las charlas se cruzan, se complementan. Darío muestra una lista de asistencia, donde figuran las amonestaciones. “Fuimos catalogados como la peor promoción de la historia del colegio”, dice orgulloso y sonriente Dardo. Trato de conocerlos, mirar sus gestos, las sonrisas, anotar todo en mi memoria. 

El grupo va rotando, alguno se mueve de su silla para ir a hablar con otro y aprovecho para sentarme al lado de Silvano. Lo saludo pero no revelo la razón de mi presencia. Yo solo quiero charlar. Su historia es particular. Se acaba de recibir, a sus 72 años, de Licenciado en Sociología en la UNC. Su logro toma una dimensión gigante al conocer un poco más sobre su vida: unos 10 años atrás le diagnosticaron Mal de Parkinson. Silvano habla bajito, su voz es apenas un susurro, yo me acerco y logramos silenciar el contexto ruidoso que nos rodea. Somos dos hombres, con 30 años de diferencia que nos encontramos desde las palabras, dándonos cuenta de que tenemos muchas cosas en común y que el diálogo fluye. 

Sus amigos, los chicos del secundario, remarcan el orgullo que les produjo el título de Silvano y trazan hilos entre aquel muchacho menudito que conocieron desde temprana edad y este reciente Licenciado en Sociología: “Silvano perteneció al grupo de los estudiosos. Son los que siempre tenían muy buenas notas, muy buenas calificaciones en todas las materias, muy respetuoso y muy reservado también”, remarca Norberto. Darío agrega, en la misma sintonía “siempre fue un muchacho de perfil bajo, tranquilo, calmo, muy reflexivo, muy inteligente. Supongo yo que su problema de salud, que el Parkinson, lo debe limitar un poco, pero sin embargo el tipo tiene una voluntad de hierro y va para adelante, y sigue atropellando a la vida, pese a los problemas que tiene, lo cual despierta en mí un gran sentimiento de admiración por él, porque no todos son así”. El logro de Silvano es, en alguna medida, un logro de todos, un orgullo y una felicidad compartida. Dardo va más allá y me pide algo: “Quiero que se haga público lo que te digo de Silvano, muy buena persona, excelente tipo. Y bueno, mira el logro que tiene, habiendo estado enfermo, con COVID, después le agarró la de los mosquitos, y el tipo solito sigue estudiando, y estudiando, y estudiando. Te digo que para nosotros es un orgullo”, remarca con la voz quebrada. Juan y Oscar también expresan las mismas características y el mismo sentimiento. 

En un momento de la charla Silvano me cuenta que ahora está haciendo un doctorado y la pregunta surge como reflejo: ¿Qué te lleva a seguir estudiando a esta altura de la vida y en estas condiciones de salud? “Siempre he sido un luchador”, responde él, con la misma sencillez en su voz, sin grandilocuencia ni exageración. Hace un tiempo se empezó a usar una palabra: resiliencia, la capacidad para adaptarse a las situaciones adversas con resultados positivos. Silvano encaja perfecto en esa definición.

Llega el café y las medialunas. Somos un montón de hombres grandes haciéndole un enredo a la pobre moza con nuestros pedidos. Aprovecho el breve silencio de la ingesta para contarles a todos la razón de mi presencia y les agradezco a todos por permitirme ser parte de la barra, aunque sea por esas horas. 

Le pregunto a Dardo cómo fue que lograron mantener el grupo a pesar del paso del tiempo: “el día de la graduación, de la fiesta, hicimos una promesa de que nos íbamos a juntar, mientras tuviéramos vida, por lo menos una vez al año”. Y así lo hicieron. Han pasado 54 años desde aquel diciembre del año 1970. Una vez al año, o tres o cinco, o diez, estos pibes se ven la cara, agradecen estar vivos, seguir caminando, seguir luchando y seguir siendo amigos. Eran treinta y pico, quedan 18 y se encuentran en sus diferencias, en los logros de uno de sus compañeros, en un mensaje de whatsapp, en la foto de egresados, en las macanas del pasado, en las ayudas oportunas, en ese café con medialunas, en estas palabras que son, ni más ni menos, que las suyas. 

El placer ha sido mío, muchachos. Gracias por dejarme ser uno más.

Por Gringo Ramia, para El Club de La Porota

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